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Los ángeles que nos cuidan. Historias reales

Visitas 395 Comentarios 0 Categoría: Enigmas y misterios
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El termino “ángel” deriva del hebreo "mal’ak" o del griego "agelos", que significan “mensajero.” Los ángeles por tanto son seres que vienen con un mensaje cuyo objetivo es cuidarnos, advertirnos sobre algún peligro, y brindar paz y amor.

Son muchas las personas que en algún momento de su vida, han sentido y han recibido ese mensaje angelical, que de uno u otro modo ha marcado su existencia.

Es común que en los momentos de mayor angustia, desespero o de peligro de muerte, los ángeles que nos cuidan lleguen para brindarnos su protección y su mensaje de amor.

En este artículo te presentaremos algunos casos narrados y compartidos por sus protagonistas o por personas cercanas a ellos.

La historia de un nacimiento y un nombre

Mariel Reimann vive actualmente en Salt Lake City, Utah y comparte una historia que su madre le ha narrado infinidad de veces, y trata de cómo escogió su nombre antes de saber que estaba embarazada.

Ángeles que nos cuidan

La madre de Mariel, había tenido ciertas complicaciones para llevar un embarazo a feliz término, por lo que estaba en tratamiento. Una noche de lluvia, la mujer se hallaba en el negocio que manejaba junto a su hermana, y de repente se acerca un hombre de aspecto algo desdeñado, y empapado por la lluvia. El hombre entró al negocio y fue directo a la mujer a quien le pidió algo para comer. La mamá de Mariel sin pensarlo, le dio algo de sopa caliente y pan. También le dio una de las chaquetas que vendía en el negocio. El hombre a penas y pronunció palabra alguna, solo terminó de comer y mientras iba de salida, se giró y le dijo a la mujer "en un par de semanas sabrás que estás embarazada, tendrás una niña y la llamarás Mariel".

Petrificada por la sorpresa, la futura madre no dijo nada, y al reaccionar salió en busca del hombre pero no lo encontró.

Tal y como se lo indicó el misterioso individuo, dos semanas después supo que estaba embarazada y llamó a su niña Mariel.

Una llamada y un hombre arrepentido

Esta historia tuvo lugar en Chicago - EEUU durante los años treinta, época de la Gran Depresión. Los hechos fueron narrados por un sacerdote hermano del protagonista, el Dr. Brown.

A altas horas de la noche, el Dr. Brown fue despertado por el insistente sonido de su teléfono. Él recuerda estar aún medio atontado cuando tomó el auricular y una voz ronca le dijo:

"¿Es este el Dr. Brown?”

“Sí, soy yo.” 

“¿Podría venir rápidamente? ¡Es urgente, una cuestión de vida o muerte!” 

“Sí, voy a ir. ¿Dónde vives?” 

“Diecisiete Alan Street, por favor, venga pronto”.

El Dr. Brown se preparó lo más rápido que pudo, tomó sus cosas y salió en dirección a Alan Street. Esa zona era muy solitaria y debía manejar solo a través de las aún oscuras calles.

La dirección a la que iba, se hallaba del otro lado de las vías, donde incluso de día era algo temerario caminar por allí.

El doctor halló la casa sin complicaciones, pero se dio cuenta de que las luces estaban apagadas. Se acercó, tocó la puerta sin obtener respuesta, cuando golpeó por tercera vez le respondieron de forma algo ruda:

“¿Quién está ahí?”

“Es el Dr. Brown. He recibido una llamada urgente por una emergencia. ¿Es esto diecisiete Alan Street?”

“Sí, lo es, pero nadie lo llamó, ¡váyase de aquí!”

Mientras se alejaba, iba revisando la calle para localizar alguna luz que le indicara la casa correcta donde necesitaban de su ayuda. Al no ubicar la casa, se cuestionó a sí mismo, pesando que había apuntado mal la dirección. O quizás había sido alguna broma.

Con los días, el doctor se olvidó del asunto.

Semanas después, lo llamaron desde la sala de emergencias del hospital. La enfermera le explicó que un hombre de nombre John Turner, acababa de sufrir un accidente muy grave, estaba al borde de la muerte e insistía en hablar con el doctor Robert Brown.

El doctor decidió ir pero no tenía idea de quién era John Turner.

Ángeles que nos cuidan

Esto se aclaró cuando el paciente dijo:

“Dr. Brown, usted no me conoce, pero tenía que hablar con usted antes de morir y pedir su perdón. Usted recordará haber recibido una llamada telefónica hace varias semanas, en la oscuridad de la noche”.

“Sí, me acuerdo de la llamada, pero…”

“Fui yo quien lo llame.” 

“No había tenido ningún trabajo durante meses, había vendido todo lo de valor en la casa, y todavía no podía alimentar a mi familia. No podía soportar las implorantes miradas hambrientas en los ojos de mis hijos. En mi desesperación, decidí llamar a un médico para obtener ayuda en el medio de la noche. Mi plan era matarlo, tomar su dinero y vender sus instrumentos“.

El Dr. Brown aún impresionado, preguntó:

“Sí, pero yo fui, ¿por qué no me mató?“

Yo estaba esperando que usted viniera solo, pero cuando vi al hombre joven grande y poderoso a su lado me dio miedo; y así que enfadado lo dejé ir.
Por favor, perdóname.

“Sí, por supuesto”, murmuró el doctor Brown trastornado.

Un escalofrío se apoderó del doctor.
No había pensado ni por un momento que lo que había parecido un error o una broma, había sido realmente un momento cercano a la muerte. Y mucho menos aún, había pensado que fue su ángel de la guarda (a quien él atribuyó esta intervención el resto de su vida, y a quién solo vio el agresor) había salvado su vida.

Intervención de un ángel de la guarda

Esta singular historia ocurre en un pueblo pequeño ubicado cerca de un lago en Alemania, el 16 de agosto del 1936.

Ese día Frederick Metzler, un ladrón con antecedentes, decidió visitar la casa de Herman Moebius, dueño de una fábrica de cuero. Herman tenía una hija de cuatro años llamada Helga, quien dormía en la habitación de los niños para el momento en que Metzler entra a la casa por el jardín trasero. Desde allí subió a la terraza e ingresó a la casa por la ventana del segundo piso.

Después de violentar dos armarios y un escritorio, se apoderó de varias joyas de poco valor. Repentinamente, Helga aparece delante del intruso vistiendo su pijama.

Eso fue lo que sucedió, según lo narrado a la policía horas más tarde por el propio ladrón:

La niña preguntó:

 “¿Qué estás haciendo?"

“Estoy buscando las joyas que su mamá debe tener en algún lugar por aquí”. 

“¿Joyas de mamá? Ellas están donde papá guarda su dinero”.

“¿Y dónde guarda tu papá su dinero?” 

“Yo no voy a decírtelo, ¡apuesto a que eres un ladrón!” 

En ese momento Metzler tomó a la Helga por los hombros, la sacudió y le dijo:

“¡Si no me dices dónde guarda tu papá su dinero, voy a cortarte la garganta!”

“No estás autorizado a hacer eso”

“¡Oh, sí! ¿Por qué no puedo hacerlo?” 

“Mi ángel de la guarda no te dejará”.

“¿Y dónde usted tiene su Ángel de la Guarda, ¿eh?” 

Ángeles que nos cuidan

La niña llevó al intruso hasta su cuarto y le señaló la imagen del Ángel de la Guarda ubicada en la pared. 

“Siempre le pido a él”, dijo la niña.

El hombre sintió como las lágrimas llenaban sus ojos. Su mente se llenó de recuerdos de su niñez y de su difunta madre. El también tenía un ángel de la guarda sobre su cuna..

“Está bien”, dijo Metzler, dejó la habitación, regresó al balcón para llegar al jardín sin llevarse nada, y en ese instante fue capturado por la policía.

Lo que el ladrón le contó a la policía, fue validado por la pequeña Helga.

Un encuentro cercano con la muerte

Esta experiencia fue narrada en Roma por su protagonista, a un grupo de seminaristas. Todo ocurrió en los años cincuenta durante la toma de poder de Mao Tse Tung, en China.

Durante el inicio de la revolución china, los comunistas evitaron no lastimar a los extranjeros, para no incitar a la opinión internacional. El padre Karl quien trabajaba como misionero en las comunidades católicas, pudo seguir con su trabajo cada domingo haciendo uso de su motocicleta, y en compañía de su sacristán.

Uno de esos domingos, cuando el padre recogía sus cosas luego de finalizada una misa, escuchó una voz que en alemán le decía: "Hab keine Angst, alles wird gut gehen!" lo que es español significa: "¡No tengas miedo, todo saldrá bien!".

Lleno de sorpresa al escuchar su lengua materna, le preguntó a los campesinos quién de ellos hablaba tan bien el alemán. Todos se sorprendieron por la pregunta del padre, y le respondieron que nunca habían tenido oportunidad de aprender otro idioma. Obviamente, nadie más había escuchado la voz. El padre decidió dejar el asunto a un lado, y continuar con su trabajo.

El padre Karl y el sacristán continuaron con su recorrido dominical y se dirigieron al siguiente pueblo. Debido a lo dificultoso del camino, ellos iban a poca velocidad y después de pasar una curva se encontraron de frente y muy cerca con un pelotón de soldados comunistas, quienes abrieron fuego contra ellos. Con los primeros disparos la motocicleta quedó arruinada, y el padre y su acompañante cayeron al barro y se cubrieron detrás de una roca.
 

Ángeles que nos cuidan

La iglesia católica se había convertido en un inconveniente para la revolución comunista, y habían decidido eliminar al padre Karl de forma inmediata.

El padre en medio de la confusión pensó que todo había sido un error, por lo que intentó identificarse y aclarar las cosas tres veces, pero las tres veces fue atacado con descargas de balas desde distancias más cortas cada vez.

Por su parte el sacristán, decidió intentar mediar con los atacantes pero igualmente fue repelido en sus tres intentos. Estaban perdidos. Los soldados los apresaron y luego de hacerles la inspección corporal, vieron que no habían sufrido ninguna herida de bala, eso era imposible! Los soldados quedaron impresionados y decidieron liberarlos.

Durante el camino de regreso, el padre Karl recordó las palabras que había escuchado en alemán, y pensó: !Ahora me doy cuenta de que el Señor envió a Sus Ángeles para salvarme de las manos del escuadrón comunista de ejecuciones!  

Aún con la mente llena de estos pensamientos, el padre le preguntó a su sacristán por qué había insistido tres veces en dialogar con los soldados, si estaba claro que querían liquidarlos. El respondió "Padre ¿cómo podría yo volver a presentarme ante mis paisanos con la cabeza en alto, si no me hubiese expuesto de manera semejante y por seguridad nuestra, luego de que usted expuso tres veces la vida por nosotros?"

La ayuda del arcángel San Miguel

Esta hermosa historia se conoció por medio de la carta que escribió un soldado de la marina estadounidense a su madre, mientras estaba herido en el hospital luego de una batalla en Corea en 1950.

Dicha carta fue leída también por el capellán militar, el padre Walter Muldy, quien la compartió con cinco mil soldados. El padre Walter habló con el joven soldado, con su madre y con el comandante en jefe; y valida esta historia.

Querida madre:

A nadie más que a ti me atrevería a escribir esta carta, pues ninguna otra persona me creería. Tal vez tú también tengas dificultad en creerlo, pero tengo que escribirlo desde lo más hondo de mi alma. Primero que todo quisiera contarte que me encuentro en el hospital. ¡Pero no te preocupes! Aunque estoy herido, hasta ahora me ha ido bien. El médico dice que dentro de un mes ya podré ponerme en pie. Pero esto no es más que un paréntesis.

¿Te acuerdas cuando el año pasado ingresé en la marina? En aquel entonces me dijiste que debía rezar todos los días a San Miguel. No tenías por qué decírmelo, pues desde pequeño me insistías una y otra vez. Inclusive me pusiste su nombre. Pero cuando llegué a Corea le recé aún con mayor ahínco.

¿Te acuerdas de la oración que entonces me enseñaste…? ¡Miguel, Miguel, permanece junto a mí! Guíame por ambos lados, para que mi pie no resbale… La he rezado todos los días…, algunas veces durante la marcha y otras durante los descansos, y siempre antes de dormir. Logré, incluso, que uno de mis compañeros la rezara.

Un día me encontraba en un grupo de avanzada en el frente de batalla. Estábamos buscando soldados comunistas. Yo caminaba pesadamente por entre el duro frío…, mi aliento parecía humo de cigarrillo.

Yo pensaba que conocía a todos los miembros de la tropa, hasta que de pronto, junto a mí, apareció un soldado de la marina que nunca antes había visto. Era el soldado más alto de los que yo jamás había visto. Tenía cerca de 1,92 metros de estatura y correspondientemente fornido. Tener a mi lado a semejante gigante, me inspiró seguridad.

Allí estábamos, entonces, y caminábamos con dificultad. El resto de la tropa de asalto se desplegó. Con la intención de entablar alguna conversación, dije: -"¿Qué frío hace, no?". Y entonces tuve que reír. ¡En cualquier momento podía morir y yo hablando sobre el clima!

Mi compañero parecía entender. Escuché cómo reía bajo. Entonces lo miré: -"Nunca antes te había visto. Yo pensaba que conocía a todos los miembros de la tropa."
-"Yo llegué de último" –me respondió. "Me llamo Miguel."
-"¿De veraz?" -dije sorprendido. "¡Yo también!"
- "Yo sé", dijo… y añadió: "¡Miguel, Miguel, permanece junto a mí…"

Yo estaba perplejo como para poder decir algo en el momento. ¿De dónde conocía mi nombre y la oración que tú me habías enseñado? Entonces tuve que sonreír: ¡todos en la tropa me conocían! ¿Acaso no le había enseñado la oración a todos aquellos que la querían aprender? De vez en cuando hasta me decían "¡San Miguel!"

Durante un momento ninguno de los dos habló. Luego, él rompió el silencio. "Allí adelante nos encontraremos en una situación crítica." Debía estar en una buena condición física, pues respiraba tan levemente que no se podía ver su aliento. ¡El mío se veía como una gran nube! Ya no había ninguna sonrisa en su rostro. Yo pensaba que no había nada nuevo en el hecho de que más adelante nos pudiéramos enfrentar con una situación crítica, donde bulliría de soldados comunistas.

La nieve comenzó a caer en copos grandes y gruesos. De repente, el paisaje había desaparecido, y yo marchaba entre una blanca niebla de grumos húmedos y pegajosos. Mi compañero ya no estaba ahí. -"¡Miguel!" -grité consternado. Entonces sentí su mano sobre mi brazo; su voz era cálida y fuerte: "Ya va a cesar la nieve."

Su predicción fue cierta. Pasados unos minutos, terminó de nevar de la misma forma rápida como se había iniciado la nevada. El sol se veía como un disco duro y brillante. Miré a mi alrededor buscando la tropa. Nadie a la vista. Habíamos perdido a los otros en medio de la tormenta de nieve. Yo estaba mirando hacia delante, cuando llegamos a una pequeña elevación.

¡Mi corazón, madre, quedó paralizado! ¡Allí había siete! Siete soldados comunistas con sus chaquetas y pantalones afelpados y sus cómicas gorras. Pero ahora las cosas ya no estaban para bromas. ¡Siete armas estaban dirigidas hacia nosotros! "¡A tierra, Miguel!" –grité, y me arrojé sobre la tierra congelada. Escuché cómo, al mismo tiempo, el grupo de soldados comenzaba a disparar. Oía pasar las balas por el aire. ¡Allí estaba Miguel…aún de pie!

¡Madre, esos tipos no podían haber fallado los disparos…! ¡Mucho menos desde aquella distancia! Yo pensaba que Miguel había sido destrozado por los disparos, pero ahí estaba, de pie, sin mostrar ninguna intención de disparar. Estaba paralizado de miedo. ¡Eso le pasa de vez en cuando hasta a los más valientes! Él parecía un pájaro hipnotizado por una serpiente. ¡Por lo menos esto era lo que yo pensaba en aquel momento! Me incorporé para tirarlo al suelo, y fue entonces cuando me hirieron. Mi pecho ardía como fuego. Muchas veces pensaba qué se sentiría en el momento de ser herido por una bala… ¡Ahora, lo sabía!

Recuerdo que unos brazos fuertes me abrazaron y me depositaron sobre una almohada de nieve. Abrí los ojos para echar una última mirada. ¡Me encontraba moribundo! Quizá ya estaba muerto. Aún recuerdo lo que entonces pensé: "No es tan grave".

Tal vez miré hacia el sol o quizá estaba conmocionado. Con todo, me aparecía ver a Miguel nuevamente de pie, sólo que esta vez su rostro tenía un resplandor terrible. Parecía transformarse mientras yo lo observaba. Se volvió más grande, sus brazos se extendían. Quizá era la nieve que nuevamente caía, pero lo rodeó un rayo de luz como las alas de un ángel. En su mano tenía una espada…, una espada que brillaba con miles de luces.

Bueno…, es lo último de lo que recuerdo, antes de que mis compañeros me hallasen. No sé cuánto tiempo pasó. De vez en cuando tenía breves momentos en que el dolor y la fiebre desaparecían. Les conté a mis compañeros del enemigo que se encontraba directamente al frente de nosotros.

-"¿Dónde está Miguel?" –pregunté. Ellos se miraron entre sí. ¿Dónde está quién? –preguntó uno de ellos.
-"Miguel… Miguel, ese soldado fornido y alto que marchaba conmigo antes de que cayera la tormenta de nieve."
"Muchacho" –dijo el sargento primero- "tú no ibas marchando con nadie. Jamás te perdí de vista. ¡Tú te adelantaste mucho! Quise llamarte de vuelta, cuando desapareciste entre el remolino de nieve."

El sargento me miraba con curiosidad. "¿Cómo lo hiciste, muchacho!" -"¿Qué hice?" –pregunté medio enojado y pese a que estaba herido. "Ese soldado Miguel y yo estábamos precisamente…"
-"¡Muchacho" –dijo bondadosamente el sargento- "yo mismo escogí el grupo y no hay otro Miguel en la tropa! ¡Tú eres el único Miguel!"

El sargento quedó pensativo por un momento. "¿Cómo lo hiciste? Escuchamos disparos, pero ningún disparo salió de tu arma… y no hay un solo pedazo de plomo en los siete soldados que se encuentran muertos allí sobre la montaña."

No respondí nada. ¿Qué podría decir? Sólo podía mirar estupefacto a mi alrededor. Entonces el sargento habló nuevamente. -"¡Muchacho" -dijo suavemente- "cada uno de esos siete comunistas murió de un golpe de espada!"

No hay más que contar, mamá. Como te dije, tal vez fue el sol en mis ojos…, tal vez fue el frío o el dolor. ¡Pero esto fue lo que exactamente sucedió!

Abrazos de tu Miguel

 

Aunque no sean reconocidos por la ciencia, los ángeles son seres que aparecen en la vida de las personas, para entregar un mensaje que en ese momento necesita ser entregado. Un mensaje de fuerza, de esperanza, de valor, de fe, de amor. Un mensaje que solo los ángeles pueden hacer llegar a sus destinatarios.

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